Beber la misma agua de diferentes jarras
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Beber la misma agua de diferentes jarras
“Las lámparas son diferentes, pero la luz es la misma.”
Rumi, en su Masnavi, cuenta la historia de cuatro viajeros que se peleaban porque cada uno quería comprar algo distinto con la moneda que compartían. Uno pedía üzüm, otro angur, otro inab, otro stafil. Un hombre sabio que conocía las cuatro lenguas les reveló que todos deseaban lo mismo: uvas. La disputa no era sobre la realidad, sino sobre las palabras que la nombraban.
Esta parábola encierra una de las enseñanzas más características y más audaces de la tradición sufí: que la verdad esencial es una, aunque los recipientes culturales, lingüísticos y religiosos a través de los cuales los seres humanos acceden a ella sean múltiples. El agua es la misma; las jarras son diferentes.
La metáfora del agua y las jarras
La imagen del agua y las jarras aparece en diversas formas a lo largo de la literatura sufí. Ibn Arabi, el maestro nacido en Murcia, recurre a una variante luminosa: la luz que pasa a través de cristales de diferentes colores adquiere, para el observador, colores diferentes, pero la luz misma no ha cambiado.
“El agua toma el color del recipiente que la contiene.”
Esta frase, atribuida a al-Junayd, no es una afirmación de relativismo, como a veces se malinterpreta. No dice que todas las jarras sean iguales ni que el color del recipiente carezca de importancia. Afirma algo más sutil y más profundo: que la realidad última que cada tradición busca nombrar trasciende las formas particulares en que se expresa, sin negarlas por ello.
Rumi y la unidad más allá de las formas
Rumi es quizás el maestro sufí que más insistió en esta enseñanza, y lo hizo con una elocuencia que continúa resonando en el mundo contemporáneo. Su célebre invitación, recogida en el poema “Ven, ven, seas quien seas”, abre la puerta a todos los buscadores sin importar su procedencia:
“Ven, ven, seas quien seas. Aunque seas infiel, idólatra o adorador del fuego, ven. Nuestra caravana no es de desesperación.”
Para Rumi, las disputas teológicas que dividen a los seres humanos son, con frecuencia, disputas sobre las jarras, no sobre el agua. En su poema “Ni cristiano ni judío”, va aún más lejos: trasciende toda categoría identitaria para situarse en un espacio que precede a las distinciones:
“No soy cristiano ni judío ni zoroastriano ni musulmán. No soy del Este ni del Oeste.”
Esta declaración no es un rechazo de las tradiciones, sino la expresión de alguien que ha bebido tan profundamente del agua que ya no puede identificarse con ninguna jarra particular. Es el fruto de la experiencia del fana (disolución del ego), donde las fronteras del yo se disuelven en la vastitud de lo real.
Ibn Arabi y la religión del amor
Ibn Arabi, formado en la España multicultural de al-Ándalus, donde convivían las tres religiones del Libro, desarrolló una visión especialmente amplia de esta enseñanza. Su experiencia en Murcia y Sevilla, ciudades donde el diálogo entre culturas era parte de la vida cotidiana, nutrió una perspectiva que reconocía la presencia de lo divino en toda forma auténtica de adoración.
En su Tarjuman al-Ashwaq, formula esta visión con una belleza insuperable:
“Mi corazón se ha hecho capaz de acoger toda forma: es pradera para las gacelas y claustro para los monjes, templo para los ídolos y Kaaba del peregrino, tablas de la Torá y páginas del Corán. Sigo la religión del amor: dondequiera que se dirijan sus caballos, el amor es mi religión y mi fe.”
El corazón capaz (qalb) del que habla Ibn Arabi no es un corazón que ha renunciado a su propia tradición, sino un corazón tan vasto que puede reconocer la verdad dondequiera que se manifieste. Es la consecuencia práctica de la doctrina de Wahdat al-Wuyud: si toda existencia es una manifestación de la realidad divina, entonces lo divino puede ser reconocido en toda forma, aunque algunas formas lo reflejen con mayor claridad que otras.
Ni sincretismo ni relativismo
Es fundamental distinguir la enseñanza sufí de dos posturas con las que a veces se la confunde:
No es sincretismo. El sincretismo mezcla elementos de tradiciones diferentes para crear una amalgama artificial. La enseñanza sufí, por el contrario, insiste en la importancia de profundizar en una tradición particular hasta alcanzar su fuente, que es donde se descubre la unidad. No se trata de mezclar las jarras, sino de llegar al agua.
No es relativismo. El relativismo afirma que no hay verdad objetiva y que todas las opiniones valen lo mismo. La enseñanza sufí afirma exactamente lo contrario: hay una verdad absoluta (al-Haqq), y es precisamente porque esa verdad es absoluta e infinita por lo que ninguna formulación finita puede contenerla por completo.
Los maestros sufíes nunca abandonaron su propia tradición islámica. Rumi rezaba cinco veces al día, ayunaba en Ramadán y realizó la peregrinación a La Meca. Ibn Arabi era un jurista formado y un conocedor profundo del Corán y el hadiz. Su amplitud de visión no procedía de la superficialidad, sino de la profundidad: cuanto más hondamente penetraban en su propia tradición, más universal se hacía su perspectiva.
La parábola del elefante en la oscuridad
Rumi cuenta otra parábola célebre en el Masnavi: varios hombres en una habitación oscura palpan un elefante que no pueden ver. Uno toca la trompa y dice que es una tubería; otro toca la oreja y dice que es un abanico; otro toca la pata y dice que es un pilar. Cada uno tiene razón parcial, pero ninguno posee la visión completa.
“Si cada uno hubiera tenido una vela, las diferencias habrían desaparecido.”
La vela de la que habla Rumi es la luz del corazón purificado, la percepción directa (kashf) que permite ver la realidad tal como es, más allá de las percepciones parciales del intelecto. La práctica espiritual, el dhikr, la purificación del alma, son los medios para encender esa vela interior.
Implicaciones para el mundo contemporáneo
En un mundo globalizado y al mismo tiempo fracturado por conflictos identitarios, la enseñanza sufí sobre la unidad del agua y la diversidad de las jarras ofrece un marco de comprensión de notable relevancia.
No propone la abolición de las diferencias, que son parte del designio divino: “Si Dios hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad” (Corán 5:48). Lo que propone es una jerarquía de la percepción: la capacidad de reconocer lo esencial sin despreciar lo formal, de ver la unidad sin negar la diversidad, de respetar las jarras sin olvidar el agua.
Esta perspectiva no exige abandonar las propias convicciones ni diluirlas en una vaguedad indiferenciada. Exige algo más difícil y más valioso: profundizar en la propia tradición hasta el punto en que se descubre que su raíz se conecta con todas las demás.
Conclusión
La invitación sufí a beber la misma agua de diferentes jarras no es un eslogan de tolerancia superficial. Es el fruto de una experiencia espiritual profunda, verificada por siglos de práctica contemplativa, que descubre en lo más hondo de la realidad una unidad que abraza y trasciende toda diversidad. Es, quizás, el mensaje más necesario y más difícil de nuestro tiempo.
“Más allá de las ideas de lo correcto y lo incorrecto hay un campo. Nos encontraremos allí.”
Fuentes
- Rumi, Masnavi-yi Ma’navi (c. 1258-1273)
- Ibn Arabi, Tarjuman al-Ashwaq (c. 1215)
- Ibn Arabi, Fusus al-Hikam (c. 1229)
- Al-Ghazali, Faysal al-Tafriqa (c. 1097)
- Frithjof Schuon, De l’unité transcendante des religions (1948)
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Raşit Akgül. “Beber la misma agua de diferentes jarras.” sufiphilosophy.org, 1 de abril de 2026. https://sufiphilosophy.org/es/fundamentos/beber-la-misma-agua.html
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