Tawba: el arte del retorno
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La palabra tawba se traduce habitualmente como “arrepentimiento”, pero esta traducción carga el término con connotaciones que no le pertenecen. “Arrepentimiento” evoca culpa, castigo, remordimiento paralizante. Tawba significa “retorno”. La raíz árabe ta-wa-ba indica girar, volver, regresar. La tawba no es una condena. Es un regreso a casa. Y la tradición sufí, lejos de tratarla como un evento puntual que ocurre una vez en la vida, la considera un movimiento continuo del corazón que acompaña al caminante en cada paso del viaje.
El retorno como movimiento fundamental
El Corán presenta a Dios mismo como al-Tawwab, “Aquel que vuelve constantemente” hacia su criatura. Dios no es solo el que acepta el retorno. Es el que lo inicia. “Luego se volvió hacia ellos para que se volvieran” (9:118). La estructura gramatical es reveladora: Dios se vuelve primero, y ese volverse crea la posibilidad de que la criatura se vuelva.
Esto transforma radicalmente la comprensión de la tawba. No es un acto unilateral del ser humano que, desde su distancia, decide regresar a un Dios que espera pasivamente. Es una respuesta a una invitación previa. Dios ya se ha vuelto. El ser humano simplemente responde. La tradición sufí insiste en este punto porque elimina el obstáculo más paralizante del camino: la creencia de que uno ha ido demasiado lejos, que la distancia es insalvable, que Dios no quiere recibirlo.
Un hadiz qudsi (palabras divinas transmitidas por el Profeta) lo expresa con una imagen extraordinaria: “Si te acercas a Mí un palmo, Me acerco a ti un codo. Si te acercas a Mí un codo, Me acerco a ti una braza. Si vienes a Mí caminando, voy hacia ti corriendo”. La disposición divina a recibir el retorno es siempre mayor que la capacidad humana de realizarlo.
Los tres componentes de la tawba
La tradición clásica identifica tres componentes necesarios para que la tawba sea completa.
El reconocimiento (ma’rifa al-dhanb). Reconocer que se ha cometido un error. Esto suena simple, pero es quizá lo más difícil. El nafs tiene una capacidad inagotable para justificar, racionalizar y minimizar sus faltas. “No fue tan grave.” “Las circunstancias me obligaron.” “Todos lo hacen.” “No tuve otra opción.” Cada una de estas frases es un mecanismo de defensa del nafs contra el reconocimiento. La tawba comienza cuando estas defensas se desmontan y la persona ve su acción tal como es, sin adornos ni excusas.
El remordimiento (nadam). Sentir genuinamente que lo que se hizo no debería haberse hecho. El Profeta dijo: “El remordimiento es tawba”. No dijo que la tawba incluye remordimiento. Dijo que es remordimiento. Porque el remordimiento genuino contiene implícitamente los otros dos componentes: no se puede sentir remordimiento sin reconocer la falta, y el remordimiento genuino impulsa naturalmente hacia la resolución de no repetir.
La resolución (‘azm). La determinación de no volver a cometer el error. Esta resolución no es una garantía de perfección futura. La tradición es realista: el ser humano fallará de nuevo. Pero la resolución sincera en el momento de la tawba es lo que la distingue del remordimiento superficial que se disipa sin producir cambio.
La tawba de los comunes y la tawba de los elegidos
Al-Qushayri, en su Risala, distingue entre la tawba de la gente común y la tawba de los elegidos.
La tawba de los comunes es el retorno de los pecados manifiestos: mentir, dañar al prójimo, transgredir los mandatos divinos. Es la tawba que la mayoría de los musulmanes comprende y practica.
La tawba de los elegidos es más sutil. Es el retorno de la negligencia (ghafla), de los momentos en que el corazón se distrae de Dios sin cometer ningún pecado externo. Un minuto de olvido, un momento de distracción, un instante en que la presencia divina pasa inadvertida: para los avanzados en el camino, esto ya requiere tawba. No porque sea un pecado en sentido estricto, sino porque la conciencia espiritual refinada percibe la distracción como una forma de distancia.
La tawba de la élite de los elegidos es aún más sutil. Es el retorno de la autoconciencia: el momento en que el practicante se da cuenta de que está siendo consciente de Dios y, en esa autoconciencia, se ha interpuesto entre sí mismo y Dios. La conciencia de la propia conciencia espiritual es, paradójicamente, un velo. Sutil, transparente, apenas perceptible, pero un velo al fin. La tawba en este nivel es el retorno de la autocomplacencia espiritual, el arrepentimiento por haberse visto a sí mismo como alguien que está haciendo bien las cosas.
La tawba como práctica continua
El Profeta Muhammad, la paz sea con él, a quien el Corán describe como perdonado de todo pecado pasado y futuro, decía: “Me arrepiento ante Dios más de setenta veces al día”. Si el Profeta practicaba la tawba con tal frecuencia, ¿cómo puede alguien considerar que la tawba es un evento único?
La tradición sufí toma esta práctica profética como modelo y convierte la tawba en un movimiento continuo. No se trata de caer en un ciclo de pecado y arrepentimiento (aunque eso también ocurre y también es válido). Se trata de mantener una orientación constante del corazón hacia Dios, reajustándola cada vez que se desvía.
La metáfora más útil es la del navegante que corrige constantemente el rumbo. El viento, las corrientes, las olas empujan el barco en direcciones no deseadas. El buen navegante no se desespera cada vez que el barco se desvía. Simplemente corrige. Cada corrección es una tawba. Pequeña, frecuente, natural, sin drama. La navegación no consiste en no desviarse nunca. Consiste en corregir siempre.
La tawba y la misericordia divina
La tradición sufí sitúa la tawba en el contexto de la misericordia divina (rahma), no del castigo. “Mi misericordia abarca todas las cosas” (Corán 7:156). La tawba no es la súplica del criminal ante el juez. Es el regreso del hijo pródigo a un padre que ya estaba esperando.
Rabi’a al-Adawiyya, la gran santa de Basra, llevó este principio a su expresión más radical. Para ella, la tawba motivada por el miedo al castigo era imperfecta. La tawba motivada por el deseo del paraíso era igualmente imperfecta. La tawba perfecta era la motivada por el amor: el dolor de haber ofendido a Quien se ama, no el miedo a las consecuencias.
“Oh Dios, si Te adoro por miedo al infierno, quémame en el infierno. Si Te adoro por deseo del paraíso, exclúyeme del paraíso. Pero si Te adoro por Ti mismo, no me prives de Tu belleza eterna.”
Esta oración de Rabi’a, aplicada a la tawba, la transforma por completo. El arrepentimiento motivado por el miedo produce obediencia. El arrepentimiento motivado por el amor produce transformación. El primero cambia la conducta. El segundo cambia el corazón.
La puerta siempre abierta
Si hay un mensaje que la tradición sufí transmite con unanimidad respecto a la tawba, es que la puerta nunca se cierra. No importa cuántas veces se haya fallado. No importa cuán grave sea la falta. No importa cuánto tiempo haya pasado. La puerta del retorno está siempre abierta, porque el atributo divino que la gobierna no es la justicia sino la misericordia. Y la misericordia, a diferencia de la justicia, no tiene límite.
Fuentes
- Abu al-Qasim al-Qushayri, Al-Risala al-Qushayriyya (c. 1046)
- Abu Hamid al-Ghazali, Ihya Ulum al-Din (c. 1097)
- Al-Hujwiri, Kashf al-Mahjub (c. 1075)
- Ibn Ata’illah al-Iskandari, Al-Hikam (c. 1290)
- Al-Muhasibi, Al-Ri’aya li-Huquq Allah (c. 840)
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Raşit Akgül. “Tawba: el arte del retorno.” sufiphilosophy.org, 1 de abril de 2026. https://sufiphilosophy.org/es/sabiduria-diaria/tawba.html
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