Riya: la trampa de la ostentación espiritual
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El Profeta Muhammad, la paz sea con él, dijo: “Lo que más temo para vosotros es el politeísmo menor”. Le preguntaron: “¿Qué es el politeísmo menor, oh Mensajero de Dios?”. Respondió: “El riya” (la ostentación). Este hadiz, recogido por Ahmad, eleva la ostentación espiritual al rango de una forma de idolatría. No es una exageración retórica. Es un diagnóstico preciso de una enfermedad que corrompe la práctica espiritual desde dentro, de manera tan sutil que el enfermo puede pasar años sin detectarla.
¿Qué es el Riya?
La palabra riya proviene de la raíz árabe ra-‘a-ya, que significa “ver”. El mura’i (el que practica riya) es aquel que hace sus actos de adoración para ser visto por los demás. No adora a Dios. Adora la imagen que proyecta ante las personas. Su oración no busca la cercanía de Dios. Busca la admiración de los testigos. Su generosidad no busca la satisfacción divina. Busca el reconocimiento social.
¿Por qué es esto “politeísmo menor”? Porque el politeísmo (shirk) consiste en asociar a Dios con otra cosa, en dirigir la adoración hacia algo que no es Dios. Cuando el practicante reza para ser visto, ha asociado a Dios con las personas en su acto de adoración. Ha dividido su intención entre Dios y la audiencia. Y esa división, por pequeña que sea, corrompe el acto desde su raíz.
Las formas del riya
Al-Ghazali, en el Ihya Ulum al-Din, dedica un tratado extenso al riya y sus manifestaciones. Su análisis es de una precisión que roza lo despiadado, porque el riya es una enfermedad que solo la honestidad implacable puede diagnosticar.
Riya del cuerpo. Es la forma más grosera. El practicante muestra señales externas de devoción: un semblante demacrado por el ayuno, marcas en la frente por las prosternaciones prolongadas, ropas ascéticas que proclaman su piedad. El cuerpo se convierte en un anuncio de la práctica espiritual.
Riya de la vestimenta. Vestir ropas que identifican al portador como persona piadosa, cuando la motivación no es la modestia sino la imagen. Esto incluye tanto el ascetismo exhibicionista (ropas deliberadamente miserables) como la piedad ostentosa (ropas religiosas portadas como marca de estatus).
Riya de las palabras. Hablar constantemente de Dios, de la práctica espiritual, de las propias experiencias interiores, no para beneficio de los demás sino para establecer la propia reputación de piedad. Citar hadices y versículos coránicos no por su contenido sino para demostrar erudición. Dar consejos espirituales no por compasión hacia el otro sino por el placer de sentirse superior.
Riya de los actos. Prolongar la oración cuando se es observado y abreviarla en privado. Dar limosna públicamente con generosidad y negar al necesitado cuando nadie mira. Participar en las reuniones de dhikr con entusiasmo externo mientras el corazón piensa en cómo será percibido.
Riya de las compañías. Asociarse con personas piadosas no por amor a la verdad sino por el reflejo de piedad que la asociación produce. Buscar la cercanía del sheij no por la transmisión espiritual sino por el prestigio que confiere.
La sutileza del riya
Lo que hace al riya particularmente peligroso es su sutileza. El nafs no dice abiertamente: “Voy a rezar para que me vean”. El nafs es más hábil que eso. Disfraza el riya de sinceridad. Presenta la ostentación como “dar buen ejemplo”. Racionaliza la búsqueda de admiración como “inspirar a otros”. Convierte el deseo de reconocimiento en “servicio a la comunidad”.
Al-Ghazali describe un nivel de riya aún más sutil: el riya del que esconde sus buenas obras. El practicante que oculta deliberadamente su práctica espiritual para ser conocido como alguien que oculta su práctica espiritual está practicando riya en su forma más refinada. El nafs ha aprendido que la humildad es admirada, y ahora busca admiración por su humildad. Es riya disfrazado de ikhlas (sinceridad).
¿Hay escapatoria de esta regresión infinita? Al-Ghazali sugiere que sí, pero no a través de la vigilancia del nafs (que es, ella misma, susceptible de riya) sino a través de la ocupación total del corazón con Dios. Cuando la conciencia de Dios llena el corazón, no queda espacio para la conciencia de los demás. El riya desaparece no porque sea combatido sino porque es desplazado.
El ikhlas como antídoto
El antídoto del riya es el ikhlas (sinceridad), y la tradición sufí lo trata con la seriedad que merece.
El Corán dice: “No se les ordenó otra cosa sino que adoraran a Dios con sinceridad (mukhlisin)” (98:5). El ikhlas es la purificación de la intención. Es hacer lo que se hace exclusivamente por Dios, sin que la mirada de los demás añada ni reste nada al acto.
Sahl al-Tustari definió el ikhlas como “aquello cuya sinceridad solo Dios conoce”. Esta definición es reveladora. Si incluso el propio practicante sabe que es sincero y se complace en ese conocimiento, hay una sombra de riya en su ikhlas. El ikhlas más puro es el que no es consciente de sí mismo como ikhlas. Es tan natural, tan inconsciente, tan automático, que el practicante ni siquiera se plantea la pregunta de si es sincero o no. Simplemente actúa, orientado hacia Dios, sin autoobservación narcisista.
El riya y la vida moderna
La cultura contemporánea, con sus redes sociales y su economía de la atención, ha creado un entorno en el que el riya florece con una facilidad sin precedentes. La posibilidad de exhibir cada acto de piedad, cada lectura espiritual, cada momento de “conexión” interior ante una audiencia de miles produce una tentación que las generaciones anteriores no conocían.
El derviche del siglo X podía practicar riya ante la decena de personas que lo rodeaban. El practicante espiritual del siglo XXI puede practicarlo ante millones. La escala ha cambiado. El mecanismo es el mismo: el acto de adoración se corrompe cuando su motivación se desplaza de Dios a la audiencia.
“Las obras son como cuerpos sin vida. El alma que les da vida es la sinceridad de la intención.”
Esta sentencia de los maestros tempranos indica que la calidad de un acto no depende de su forma sino de su intención. Una oración breve con intención pura es más valiosa que una oración prolongada contaminada de riya. Una limosna modesta dada en secreto es más valiosa que una donación espectacular anunciada con trompetas.
La cura
Los maestros sufíes prescriben varios remedios para el riya.
El primero es la conciencia. Observar los propios motivos con la honestidad de la muraqaba. Antes de cada acto de adoración, preguntarse: “¿Para quién estoy haciendo esto?”. La pregunta no necesita una respuesta elaborada. Solo necesita ser formulada con sinceridad. El mero hecho de formularla ya debilita al riya, porque el riya prospera en la inconsciencia.
El segundo es la práctica en secreto. Realizar actos de adoración que nadie excepto Dios conoce. Una oración nocturna que nadie ve. Una limosna anónima que nadie reconoce. Un dhikr silencioso que nadie escucha. Estos actos secretos son el campo de entrenamiento del ikhlas.
El tercero es el recuerdo de la muerte. Cuando el practicante recuerda que morirá, que toda audiencia humana es temporal, que el único espectador permanente es Dios, la motivación del riya pierde su fuerza. ¿De qué sirve la admiración de personas que también morirán?
El cuarto, y el más efectivo, es la intensificación del dhikr. Cuando el corazón está lleno de Dios, los demás dejan de ocupar el centro de la conciencia. El riya se marchita como una planta privada de luz.
Fuentes
- Abu Hamid al-Ghazali, Ihya Ulum al-Din (c. 1097)
- Al-Muhasibi, Al-Ri’aya li-Huquq Allah (c. 840)
- Abu al-Qasim al-Qushayri, Al-Risala al-Qushayriyya (c. 1046)
- Ibn Ata’illah al-Iskandari, Al-Hikam (c. 1290)
- Al-Hujwiri, Kashf al-Mahjub (c. 1075)
- Sahl al-Tustari, Tafsir al-Qur’an al-Azim (c. 880)
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Raşit Akgül. “Riya: la trampa de la ostentación espiritual.” sufiphilosophy.org, 1 de abril de 2026. https://sufiphilosophy.org/es/sabiduria-diaria/riya.html
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