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Prácticas

La Muraqaba: el arte sufí de la contemplación

Por Raşit Akgül 1 de abril de 2026 9 min de lectura

El Corán dice: “Él está con vosotros dondequiera que estéis” (57:4). Esta declaración no describe una condición futura ni un logro espiritual reservado a unos pocos. Describe la realidad presente, ahora mismo, para todo ser humano. La dificultad no está en que la presencia divina sea remota o inaccesible. La dificultad está en que nosotros estamos distraídos. La práctica que la tradición sufí denomina muraqaba es, en esencia, el entrenamiento sistemático de la atención para percibir lo que ya está aquí.

¿Qué es la Muraqaba?

La palabra muraqaba deriva de la raíz árabe ra-qa-ba, que significa “vigilar”, “observar”, “estar atento”. En su uso sufí, designa una práctica contemplativa en la que el practicante se sienta en silencio, cierra los ojos y dirige toda su atención hacia la presencia divina. No hay repetición de palabras como en el dhikr. No hay movimiento como en el sema. Lo que hay es atención pura, sostenida, dirigida.

Al-Qushayri, en su Risala, define la muraqaba como “el conocimiento continuo del siervo de que Dios lo observa”. Este “conocimiento” no es intelectual. No se trata de sostener una proposición teológica en la mente. Se trata de una percepción directa, una conciencia vivida de estar siendo observado. La diferencia es la misma que existe entre saber que el sol emite calor y sentir el calor del sol en la piel.

La muraqaba tiene una base coránica directa. El célebre hadiz de Gabriel pregunta al Profeta sobre el ihsan (la excelencia), y la respuesta es: “Que adores a Dios como si Lo vieras, pues aunque tú no Lo veas, Él te ve”. Esta frase contiene dos niveles de muraqaba. El nivel superior, mushahada, es la contemplación en la que el practicante percibe la presencia divina directamente (“como si Lo vieras”). El nivel accesible es el que constituye el punto de partida de la práctica: la conciencia de que uno es observado (“Él te ve”).

La práctica

La muraqaba, en su forma más básica, es deceptivamente sencilla. El practicante se sienta en un lugar tranquilo, preferiblemente después de la oración ritual (salat) o durante las horas previas al amanecer. Cierra los ojos. Toma conciencia de su respiración sin intentar modificarla. Y luego dirige la atención del corazón hacia Dios.

No hay mantra. No hay visualización. No hay técnica elaborada que la mente pueda aferrarse. Y aquí reside precisamente la dificultad. El dhikr ofrece a la mente una palabra a la que asirse. La muraqaba no le ofrece nada. La mente, privada de su objeto habitual de actividad, se rebela. Produce pensamientos a velocidad vertiginosa. Recuerdos, preocupaciones, fantasías, listas de tareas, fragmentos de canciones: todo el contenido de la psique humana se precipita para llenar el vacío.

El practicante no combate estos pensamientos. No intenta suprimirlos ni analizarlos. Simplemente los observa pasar y redirige suavemente la atención hacia la presencia. Cada vez que la atención se desvía y el practicante lo nota y regresa, se ha producido un acto de muraqaba. La práctica no consiste en lograr un estado libre de pensamientos. Consiste en el regreso constante.

Con el tiempo, los intervalos entre las distracciones se alargan. Los pensamientos no desaparecen, pero pierden su capacidad de arrastrar la atención consigo. El practicante aprende a observarlos sin identificarse con ellos, como quien mira nubes pasar sin confundirse con el cielo. Esta capacidad de observación desapegada es lo que la tradición sufí llama muraqabat al-nafs, la vigilancia del yo-ego.

Las etapas de la contemplación

Los maestros sufíes han cartografiado la muraqaba con considerable detalle. Ibn Ata’illah al-Iskandari, en sus Hikam (Aforismos), distingue varias profundidades de la práctica.

La muraqaba de la obediencia. En la primera etapa, el practicante simplemente vigila sus propios actos. ¿Estoy cumpliendo lo que Dios ha ordenado? ¿Estoy evitando lo que ha prohibido? Esta no es todavía contemplación en sentido pleno, pero es su fundamento necesario. Sin la disciplina del comportamiento externo, la contemplación interior se convierte en autoengaño.

La muraqaba de los estados. Aquí el practicante comienza a observar no solo sus actos sino sus estados internos. ¿De dónde viene este impulso de ira? ¿Esta generosidad que siento es genuina o está motivada por el deseo de reconocimiento? ¿Este momento de paz es un regalo divino o una somnolencia del alma? La honestidad requerida en esta etapa es despiadada. El nafs es un maestro del disfraz, capaz de vestir los vicios con la apariencia de virtudes.

La muraqaba de la presencia. En esta etapa, la atención se ha refinado lo suficiente como para comenzar a percibir algo que trasciende los propios estados internos. No es que el practicante “vea” a Dios, ya que la trascendencia divina excede toda percepción sensorial o imaginativa. Es más bien que el corazón adquiere una especie de sensibilidad nueva, una capacidad de registrar la cercanía divina que las capas de distracción ordinaria habían ocultado.

La mushahada. La “contemplación” propiamente dicha, en la que la dualidad entre observador y observado se adelgaza hasta casi desaparecer. Este es el nivel al que se refiere el hadiz de Gabriel con “que adores a Dios como si Lo vieras”. Los maestros insisten en que esto no es unión ontológica con Dios, lo cual sería una imposibilidad teológica. Es la purificación del espejo del corazón hasta tal punto que refleja la luz divina sin distorsión. El espejo sigue siendo espejo. La luz sigue siendo luz. Pero la distinción entre lo que refleja y lo que es reflejado se vuelve experiencialmente tenue.

Muraqaba y psicología

La muraqaba anticipa, por siglos, lo que la psicología moderna ha comenzado a explorar bajo nombres como “metacognición” y “mindfulness”. La capacidad de observar los propios procesos mentales sin identificarse con ellos es exactamente lo que los psicólogos cognitivos denominan “descentramiento” o “defusión cognitiva”.

Pero la muraqaba no es mindfulness secular. Difiere en un punto fundamental: tiene un objetivo. No se trata simplemente de estar presente en el momento, como si el momento en sí mismo fuera el fin. Se trata de estar presente ante Dios. La atención que se cultiva en la muraqaba no es una atención flotante sin dirección. Es una atención orientada, dirigida hacia un polo específico. Esta orientación cambia la naturaleza misma de la práctica. La muraqaba secular dice: “Observa lo que surge”. La muraqaba sufí dice: “Observa lo que surge mientras recuerdas ante Quién estás”.

Al-Ghazali, en el Ihya Ulum al-Din, dedica páginas extensas a la psicología de la muraqaba. Describe cómo la práctica revela las capas del autoengaño que constituyen la armadura del nafs. El nafs, dice, no se presenta como un enemigo. Se presenta como un consejero, un amigo, un protector. Solo la vigilancia sostenida puede distinguir su voz de la voz del corazón. Esta distinción, que al-Ghazali llama furqan (discernimiento), es uno de los frutos principales de la muraqaba.

La relación con el sheij

En la tradición sufí, la muraqaba no es una práctica que se emprende a solas. Requiere la guía de un maestro (sheij o murshid) que haya recorrido el camino y conozca sus peligros. Los peligros no son físicos. Son psicológicos y espirituales. La mente humana, dejada a su cuenta en el silencio profundo, es capaz de producir experiencias que pueden confundirse fácilmente con percepciones espirituales genuinas.

El sheij cumple varias funciones. Prescribe la práctica: cuánto tiempo, con qué frecuencia, con qué intención específica. Evalúa los resultados: el estudiante describe sus experiencias y el sheij las interpreta, distinguiendo lo genuino de lo ilusorio. Corrige las desviaciones: si el estudiante cae en la complacencia, el sheij lo sacude; si cae en el desánimo, lo alienta.

La tradición naqshbandí, en particular, ha desarrollado la muraqaba como práctica central. El vínculo espiritual (rabita) entre maestro y discípulo se considera un vehículo de transmisión que funciona más allá de la proximidad física. El estudiante, sentado en muraqaba, puede dirigir su atención hacia el corazón del sheij como punto de enfoque, confiando en que la conexión espiritual transmitirá lo que las palabras no pueden.

Muraqaba y vida cotidiana

Como ocurre con toda práctica sufí auténtica, la muraqaba no está confinada a un cojín de meditación. Su objetivo es permear la vida entera. El practicante avanzado lleva consigo una conciencia continua de estar siendo observado por Dios, una conciencia que modifica cada acción, cada palabra, cada pensamiento.

Esta conciencia no produce ansiedad. Al contrario, produce una serenidad profunda. La ansiedad surge de la incertidumbre: no saber si estoy siendo juzgado, no saber si mis acciones son correctas, no saber si estoy solo en un universo indiferente. La muraqaba reemplaza esa incertidumbre con una certeza vivida: soy conocido, soy visto, soy cuidado. No como una proposición abstracta sino como una experiencia del corazón.

Abu Uthman al-Hiri dijo: “La mejor de las obras es la muraqaba de Dios en todo estado”. No dijo “la mejor de las prácticas meditativas”. Dijo “la mejor de las obras”. Porque la muraqaba, en su sentido pleno, no es una práctica que se realiza junto a las demás actividades de la vida. Es la cualidad que debería impregnar todas esas actividades.

“Actúa en tu soledad como actuarías ante el más respetado de los hombres. Porque Aquel que te observa en tu soledad es más digno de respeto que cualquier persona.”

Esta instrucción, atribuida a uno de los primeros maestros sufíes, captura la esencia práctica de la muraqaba. Es la práctica que cierra la brecha entre lo público y lo privado, entre quien eres ante los demás y quien eres ante Dios.

Fuentes

  • Al-Ghazali, Ihya Ulum al-Din (c. 1097)
  • Abu al-Qasim al-Qushayri, Al-Risala al-Qushayriyya (c. 1046)
  • Ibn Ata’illah al-Iskandari, Al-Hikam (c. 1290)
  • Al-Hujwiri, Kashf al-Mahjub (c. 1075)
  • Bahauddin Naqshband, Anis al-Talibin (c. 1370)

Etiquetas

muraqaba contemplación meditación presencia divina

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Raşit Akgül. “La Muraqaba: el arte sufí de la contemplación.” sufiphilosophy.org, 1 de abril de 2026. https://sufiphilosophy.org/es/practicas/muraqaba.html