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Relatos

La Conferencia de los Pájaros

Por Raşit Akgül 1 de abril de 2026 10 min de lectura

De todos los relatos que la tradición sufí ha producido, el Mantiq al-Tayr (“La Conferencia de los Pájaros”, literalmente “El Lenguaje de los Pájaros”) de Farid al-Din Attar (c. 1145-1221) es quizá el más ambicioso. No se trata de una parábola breve ni de una anécdota instructiva. Es un poema épico de más de 4.500 versos que narra el viaje de todos los pájaros del mundo en busca de su rey, el Simorgh. Ese viaje es, desde luego, una alegoría del alma humana en su camino hacia Dios. Y como toda gran alegoría, funciona en múltiples niveles simultáneamente, revelando significados más profundos con cada lectura.

La asamblea

La historia comienza con una reunión. Todos los pájaros del mundo se congregan, alarmados por la ausencia de un rey. Sin un líder, reinan la confusión y el conflicto. La abubilla (hudhud), el pájaro que en la tradición coránica sirvió de mensajero entre Salomón y la reina de Saba, toma la palabra. Les dice que tienen un rey. Su nombre es Simorgh. Vive en una montaña llamada Qaf, en los confines del mundo. El viaje es largo, peligroso y la mayoría no sobrevivirá. Pero es el único viaje que importa.

Inmediatamente, los pájaros comienzan a presentar excusas. Y aquí es donde el genio de Attar se manifiesta por primera vez, porque cada excusa es un diagnóstico preciso de un obstáculo espiritual.

El ruiseñor dice que no puede dejar a su amada, la rosa. Su amor por la rosa es tan intenso que el viaje es impensable. La abubilla responde que la rosa es bella pero efímera, que se marchita en pocos días, y que quien ama lo efímero se condena a un duelo perpetuo. El ruiseñor representa al alma enamorada de la belleza mundana que confunde el reflejo con la fuente.

El halcón dice que ya tiene un rey: el sultán lo lleva en su muñeca. ¿Para qué buscar otro? La abubilla le señala que el sultán es mortal, que su favor es caprichoso, y que la servidumbre a un poder temporal no es libertad sino otra forma de cautiverio. El halcón representa al alma que confunde el poder mundano con la verdadera soberanía.

El pavo real dice que su belleza es suficiente. Fue expulsado del Paraíso, sí, pero su plumaje es todavía magnífico. La abubilla le recuerda que esa misma belleza fue su trampa: la vanidad lo llevó a colaborar con la serpiente que tentó a Adán. El pavo real representa al alma atrapada en su propia imagen.

El loro está encerrado en una jaula de oro y dice que al menos es una jaula cómoda. La abubilla le pregunta si la comodidad de la jaula compensa la pérdida de la libertad. El loro representa al alma que ha cambiado su libertad por seguridad material.

La garza ama el agua. No puede imaginar la vida lejos del río. La abubilla le dice que toda el agua del mundo es una gota en el océano del Simorgh. La garza representa el apego a un solo elemento de la creación a costa de la totalidad.

El búho vive en las ruinas y busca tesoros enterrados. La abubilla le dice que los tesoros que busca son polvo comparados con lo que encontrará al final del viaje. El búho representa la avaricia, el alma que acumula lo que no puede llevarse.

Cada pájaro presenta su excusa. Cada excusa es demolida. Y finalmente, algunos pájaros aceptan emprender el viaje. No todos. Muchos se quedan. Los que parten no lo hacen porque hayan superado sus miedos sino porque algo más fuerte que el miedo los impulsa: el anhelo del Simorgh.

Los siete valles

El viaje pasa por siete valles, cada uno correspondiente a una estación del camino espiritual. Estos siete valles constituyen uno de los mapas más célebres del viaje interior en toda la literatura sufí.

El Valle de la Búsqueda (Talab). El primer valle es el de la aspiración. El viajero debe renunciar a todo lo que poseía, a toda certeza previa, a toda comodidad. No se trata de una renuncia física sino de una renuncia interior: la disposición a abandonar todas las ideas preconcebidas sobre lo que se encontrará al final del camino. La búsqueda auténtica comienza cuando el buscador admite que no sabe lo que busca.

El Valle del Amor (Ishq). Aquí la búsqueda racional da paso a la pasión. El amor sufí no es un sentimiento dulce. Es un fuego que consume. Attar lo compara con la llama que devora a la polilla. El amante no calcula. No evalúa costos y beneficios. Se lanza. Este valle destruye la ilusión de que el camino espiritual puede recorrerse con la cabeza. Solo el corazón puede atravesar el Valle del Amor.

El Valle del Conocimiento (Ma’rifa). Tras el incendio del amor, surge un conocimiento diferente del intelectual. Es ma’rifa, el conocimiento directo, experiencial, que no se adquiere en los libros sino en la transformación del ser. En este valle, el viajero comienza a percibir que cada criatura es un espejo que refleja la realidad divina según su capacidad. El conocimiento ya no es acumulación de información sino percepción de la unidad subyacente.

El Valle del Desapego (Istigna). El viajero, habiendo conocido la realidad que subyace a todas las cosas, pierde el apego a las cosas mismas. No las rechaza. Simplemente dejan de ejercer sobre él la atracción compulsiva que antes lo gobernaba. Este desapego no es indiferencia. Es libertad. El viajero puede amar el mundo sin ser prisionero del mundo.

El Valle de la Unicidad (Tawhid). Aquí el viajero percibe que la multiplicidad del mundo es la manifestación de una realidad única. No se trata de que el mundo sea ilusorio. Se trata de que su diversidad aparente emerge de una fuente singular. El Corán dice: “Dondequiera que os volváis, allí está el rostro de Dios” (2:115). En este valle, esa verdad deja de ser una proposición teológica y se convierte en percepción directa.

El Valle del Asombro (Hayra). Paradójicamente, el conocimiento de la unicidad no produce certeza sino asombro. El viajero descubre que cuanto más conoce, menos sabe. Las categorías del pensamiento ordinario (bueno/malo, aquí/allí, yo/otro) se desmoronan. Lo que queda es una perplejidad luminosa, un no-saber que es más sabio que cualquier saber.

El Valle de la Pobreza y la Purificación (Faqr wa Fana). El último valle. Aquí el viajero pierde incluso la conciencia de sí mismo como viajero. El “yo” que emprendió el camino se disuelve. No queda nada excepto… Pero lo que queda no puede decirse. Attar, que ha narrado seis valles con elocuencia, se queda casi mudo ante el séptimo.

El final: treinta pájaros ante el Simorgh

De los miles de pájaros que emprendieron el viaje, solo treinta llegan al final. Han sido diezmados por el hambre, la sed, el desaliento, la fatiga y la muerte. Los treinta supervivientes, exhaustos y desnudos de todo excepto de su anhelo, llegan al palacio del Simorgh.

Y aquí Attar despliega el golpe de genio que convierte su poema en una obra maestra.

Los treinta pájaros (si murgh en persa) descubren que el Simorgh no es un ser separado de ellos. El Simorgh es ellos. El nombre mismo lo revela: si murgh significa “treinta pájaros”. Lo que buscaban fuera de sí mismos estaba en sí mismos todo el tiempo. Al mirarse en el espejo cósmico, ven al Simorgh. Al mirar al Simorgh, se ven a sí mismos.

“El sol de mi majestad es un espejo. Quien viene aquí se ve a sí mismo: cuerpo y alma, alma y cuerpo. Si habéis llegado treinta pájaros, treinta pájaros veréis en este espejo.”

Este final no es panteísmo. No dice que los pájaros sean Dios. Dice que lo que buscaban en la lejanía estaba presente en su propia realidad más profunda. El viaje no fue un desplazamiento geográfico. Fue un despojamiento. Cada valle arrancó una capa de ilusión. Lo que quedó al final, una vez arrancadas todas las capas, es la verdad que siempre estuvo ahí.

La tradición sufí describe esto como fana: la purificación del ego que revela lo real. Los pájaros no se convierten en el Simorgh. Descubren que la barrera entre ellos y el Simorgh era su propio ego. Una vez eliminada la barrera, lo que queda es la presencia divina que siempre estuvo allí, velada solo por la espesura del yo.

Las historias dentro de la historia

El Mantiq al-Tayr no es una narración lineal. Está salpicado de cientos de historias breves que la abubilla cuenta para instruir a los pájaros en cada etapa del viaje. Estas historias incluyen relatos de maestros sufíes, anécdotas de reyes y mendigos, parábolas de animales, fragmentos de la tradición profética. Cada una ilumina un aspecto del camino.

Una de las más célebres es la historia del sheij San’an, un asceta de cincuenta años de devoción que se enamora de una joven cristiana y, por amor a ella, abandona todo: su religión, su reputación, su dignidad. La historia escandaliza, y ese es precisamente su propósito. Attar muestra que el amor verdadero destruye todas las construcciones del ego, incluidas las construcciones piadosas. El sheij San’an perdió todo, y en esa pérdida encontró todo.

Otra historia notable es la del sultán Mahmud y su esclavo Ayaz. Mahmud, el más poderoso de los sultanes, amaba a su esclavo con un amor que desconcertaba a los cortesanos. ¿Cómo podía un rey amar a un esclavo? La respuesta de Attar es que el amor verdadero no reconoce jerarquías. Ante el amor, el sultán y el esclavo son iguales, porque ambos están igualmente aniquilados ante aquello que aman.

El mensaje permanente

El Mantiq al-Tayr fue escrito en el siglo XIII, pero su mensaje no ha envejecido un solo día. Los pájaros que presentan excusas para no emprender el viaje son los mismos hoy que entonces. El ruiseñor sigue enamorado de rosas perecederas. El halcón sigue aferrado al puño de poderes temporales. El loro sigue cómodo en su jaula dorada. El búho sigue buscando tesoros en ruinas.

Y los siete valles siguen siendo el mapa más preciso del viaje interior que la literatura humana ha producido. No porque describan algo irreal sino porque describen algo que cada ser humano reconoce, al menos parcialmente, en su propia experiencia. La búsqueda, el amor, el conocimiento, el desapego, la percepción de la unicidad, el asombro, la disolución: estas no son estaciones esotéricas reservadas a unos pocos. Son fases de un viaje que todo ser humano recorre, consciente o inconscientemente, completa o fragmentariamente.

Lo que Attar ofrece no es una ruta exclusiva sino un mapa de lo que ya está ocurriendo. Los pájaros ya están volando. La cuestión es si vuelan hacia el Simorgh o en círculos.

Fuentes

  • Farid al-Din Attar, Mantiq al-Tayr (c. 1177)
  • Farid al-Din Attar, Tadhkirat al-Awliya (c. 1200)
  • Jalaluddin Rumi, Masnavi-yi Ma’navi (c. 1258-1273)
  • Abu al-Qasim al-Qushayri, Al-Risala al-Qushayriyya (c. 1046)
  • Al-Hujwiri, Kashf al-Mahjub (c. 1075)

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Raşit Akgül. “La Conferencia de los Pájaros.” sufiphilosophy.org, 1 de abril de 2026. https://sufiphilosophy.org/es/relatos/la-conferencia-de-los-pajaros.html