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Caminos

La Orden Naqshbandi: el camino del recuerdo silencioso

Por Raşit Akgül 1 de abril de 2026 9 min de lectura

Si la Orden Mevleví es la tradición sufí más visible, la Naqshbandí es quizá la más sutil. Donde los mevlevíes giran y los qadirí cantan, los naqshbandíes guardan silencio. Su dhikr es interior, invisible, inaudible para quien no participa. Su formación espiritual se desarrolla en el contexto de la vida cotidiana, no en la reclusión de una tekke. Su apariencia externa es la de cualquier musulmán observante. Y sin embargo, bajo esa sobriedad, la tradición naqshbandí ha producido algunos de los maestros más profundos y la geografía espiritual más extensa de todo el sufismo.

Los orígenes: de Abu Bakr a Bahauddin Naqshband

La Orden Naqshbandi traza su linaje espiritual (silsila) hasta Abu Bakr al-Siddiq, el primer califa y compañero más cercano del Profeta Muhammad, la paz sea con él. Esta conexión con Abu Bakr, en lugar de Ali ibn Abi Talib (a quien la mayoría de las otras órdenes remontan su cadena), es una de las características distintivas de la tradición.

La tradición sostiene que el Profeta transmitió a Abu Bakr un conocimiento particular del dhikr silencioso durante su estancia compartida en la cueva de Thawr, cuando ambos huían de La Meca hacia Medina. En la oscuridad de la cueva, con los perseguidores a la puerta, el Profeta dijo a Abu Bakr: “No te aflijas, Dios está con nosotros” (Corán 9:40). Esa transmisión silenciosa, corazón a corazón, en un momento de peligro extremo, se considera el origen del método naqshbandí.

El nombre de la orden proviene de Bahauddin Naqshband (1318-1389), nacido cerca de Bujará, en el actual Uzbekistán. Naqsh significa “grabado” o “impresión”, y band significa “vínculo” o “atadura”. El nombre puede traducirse como “el que graba (el nombre de Dios) en el corazón” o “el grabador del vínculo”. Ambas interpretaciones capturan la esencia de la práctica: la impresión del recuerdo divino en la sustancia misma del corazón, de manera permanente e indeleble.

Bahauddin Naqshband no fue el fundador de la tradición sino su reformador y cristalizador. Antes de él, la cadena de transmisión pasó por maestros como Yusuf al-Hamadani (m. 1140) y Abd al-Khaliq al-Ghujduwani (m. 1220), quien formuló los célebres “once principios” que constituyen el marco metodológico de la orden.

Los once principios

Abd al-Khaliq al-Ghujduwani estableció ocho principios, a los que Bahauddin Naqshband añadió tres más. Juntos, forman el código de práctica naqshbandí:

1. Hush dar dam (conciencia en la respiración). Cada respiración debe ser tomada con plena conciencia de la presencia divina. Ni una sola inhalación o exhalación debe pasar sin atención.

2. Nazar bar qadam (mirada en los pies). Mantener la mirada baja durante la caminata, no por timidez sino para evitar la dispersión de la atención en los estímulos visuales del mundo.

3. Safar dar watan (viaje en la patria). El viaje interior: moverse desde los atributos humanos inferiores hacia los superiores, desde el nafs hacia el corazón.

4. Khalwat dar anjuman (soledad en la multitud). Mantener un estado interior de recogimiento y recuerdo mientras se participa en la vida social. Este es quizá el principio más distintivo de la tradición naqshbandí.

5. Yad kard (invocación). La práctica constante del dhikr, tanto la recitación prescrita como la remembranza espontánea del corazón.

6. Baz gasht (retorno). Después de cada recitación del dhikr, volver al significado con plena intención, evitando que la repetición se vuelva mecánica.

7. Nigah dasht (vigilancia). Proteger el corazón de pensamientos intrusos durante la práctica del dhikr.

8. Yad dasht (recuerdo sostenido). Mantener la conciencia de la presencia divina sin interrupción, extendiendo el dhikr formal a cada momento de la vida.

Los tres principios añadidos por Bahauddin Naqshband son:

9. Wuquf-i zamani (pausa del tiempo). Examinar regularmente cómo se ha empleado el tiempo: ¿en agradecimiento (si ha sido bien usado) o en arrepentimiento (si ha sido desperdiciado)?

10. Wuquf-i adadi (pausa del número). Mantener el conteo preciso de las repeticiones del dhikr, asegurando que la mente no se extravíe.

11. Wuquf-i qalbi (pausa del corazón). Dirigir la atención al corazón físico y espiritual, visualizando el nombre de Dios grabado en él.

El dhikr silencioso

La característica más inmediatamente reconocible de la práctica naqshbandí es el dhikr silencioso (dhikr-i khafi). Mientras otras órdenes practican el dhikr en voz alta, a veces con una intensidad que puede sacudir la sala, los naqshbandíes recitan interiormente, sin mover los labios, sin emitir sonido alguno.

La justificación de esta práctica se encuentra en el Corán: “Invoca a tu Señor en tu interior, con humildad y temor, sin alzar la voz, por la mañana y por la tarde” (7:205). Los naqshbandíes interpretan este versículo como una directriz explícita hacia el dhikr silencioso.

El método naqshbandí del dhikr implica concentrar la atención en el corazón (el órgano físico, como punto de anclaje de la atención espiritual) y recitar interiormente la fórmula prescrita. La fórmula más frecuente es La ilaha illa’llah, pero el sheij puede prescribir nombres específicos según el estado del discípulo. La práctica se combina frecuentemente con técnicas de respiración, incluida la ya mencionada habs-i dam (retención del aliento).

Lo que hace al dhikr silencioso particularmente exigente es la ausencia de apoyo sensorial. En el dhikr vocal, el sonido de la propia voz y de las voces del grupo proporcionan un soporte para la atención. En el dhikr silencioso, no hay nada externo a lo que aferrarse. La atención debe sostenerse exclusivamente desde dentro. Es, en cierto sentido, la forma más pura y más difícil de dhikr.

La rabita: el vínculo con el maestro

La rabita (vínculo) es una práctica central de la tradición naqshbandí que no tiene equivalente exacto en otras órdenes. Consiste en que el discípulo, al comenzar su práctica de dhikr o muraqaba, evoque en su corazón la imagen o la presencia de su sheij. No se trata de adoración del maestro. Se trata de utilizar la conexión espiritual con una persona cuyo corazón ya está pulido como punto de enfoque para la propia práctica.

La metáfora que la tradición emplea es la del espejo. El corazón del sheij, pulido por años de práctica, refleja la luz divina. El discípulo, al orientar su corazón hacia el del maestro, recibe esa luz reflejada. Con el tiempo, su propio corazón se pule lo suficiente como para reflejar la luz directamente. La rabita es, por tanto, una ayuda temporal, no un fin permanente.

Esta práctica ha sido objeto de debate entre los eruditos islámicos. Los naqshbandíes la defienden con base en el principio coránico de tawassul (intercesión) y en la experiencia acumulada de generaciones de practicantes. Lo que no está en disputa es su eficacia práctica: innumerables discípulos naqshbandíes testifican que la rabita acelera notablemente el progreso espiritual.

Khalwat dar anjuman: la soledad en la multitud

Este cuarto principio merece una elaboración especial porque define la orientación fundamental de la tradición naqshbandí hacia el mundo. A diferencia de tradiciones que enfatizan el retiro y la renuncia, la tradición naqshbandí insiste en que el camino espiritual se recorre en medio de la vida social.

Bahauddin Naqshband trabajaba como tejedor. Sus sucesores fueron comerciantes, funcionarios, soldados, artesanos. La tradición desconfía del derviche que abandona sus responsabilidades mundanas para dedicarse exclusivamente a la práctica espiritual. No porque la práctica no sea importante, sino porque la prueba de la práctica es la vida.

Khalwat dar anjuman significa mantener un retiro interior permanente mientras se participa plenamente en el mundo exterior. El naqshbandí trabaja, comercia, gobierna, enseña, cría a sus hijos, y en medio de todo ello, su corazón permanece en dhikr. La lengua puede estar negociando un contrato, pero el corazón está recitando el nombre de Dios. Las manos pueden estar cocinando, pero la atención interior está orientada hacia la presencia divina.

Esta capacidad no se adquiere de la noche a la mañana. Es el fruto de años de práctica sostenida del dhikr silencioso, la muraqaba y la disciplina de los once principios. Pero cuando se establece, produce un tipo humano que la tradición naqshbandí considera el ideal: exteriormente indistinguible de cualquier miembro de la sociedad, interiormente en comunicación constante con Dios.

La expansión geográfica

La Orden Naqshbandi es, probablemente, la tradición sufí más extendida geográficamente. Desde su centro en Asia Central, se expandió en todas direcciones: hacia la India (donde la rama Mujaddidí, fundada por el imam Rabbani Ahmad Sirhindi en el siglo XVII, ejerció una influencia enorme), hacia el Cáucaso, hacia Anatolia, hacia el Medio Oriente, hacia el sudeste asiático y, en las últimas décadas, hacia Europa y América.

Esta expansión no fue resultado de una campaña organizada sino de la movilidad de los maestros naqshbandíes, que viajaban, comerciaban y se establecían en nuevas comunidades, llevando consigo la práctica del dhikr silencioso. La discreción inherente al método naqshbandí facilitó su adaptación a contextos culturales diversos. No requiere tekkes elaboradas ni ceremonias visibles. Puede practicarse en cualquier lugar, en cualquier momento, sin que nadie lo note.

El legado intelectual

La tradición naqshbandí ha producido algunos de los pensadores más rigurosos del sufismo. El imam Rabbani Ahmad Sirhindi (1564-1624), conocido como el Mujaddid Alf-i Thani (renovador del segundo milenio), reformuló la relación entre sufismo y ley islámica de manera que reconcilió tensiones que habían persistido durante siglos. Su concepto de wahdat al-shuhud (unicidad de la contemplación), propuesto como alternativa a wahdat al-wujud (unicidad del ser) de Ibn Arabi, generó un debate que sigue siendo relevante.

Shah Waliullah al-Dihlawi (1703-1762), otro maestro naqshbandí, produjo una síntesis monumental del pensamiento islámico que abarcaba la teología, la jurisprudencia, el hadiz y el sufismo. Su obra demuestra que la tradición naqshbandí nunca entendió la espiritualidad como algo separado de las ciencias islámicas sino como su dimensión más profunda.

“Este camino no requiere que abandones el mundo. Requiere que abandones la pretensión de que el mundo es tuyo.”

Esta máxima, atribuida a Bahauddin Naqshband, resume la espiritualidad naqshbandí. No ascetismo, no renuncia, no retiro. Sino una transformación de la relación con el mundo: estar en él sin pertenecerle, usarlo sin ser usado por él, caminando entre la gente con los pies en la tierra y el corazón en el cielo.

Fuentes

  • Abu al-Qasim al-Qushayri, Al-Risala al-Qushayriyya (c. 1046)
  • Abd al-Khaliq al-Ghujduwani, Maqamat (c. 1220)
  • Bahauddin Naqshband, Anis al-Talibin (c. 1370)
  • Ahmad Sirhindi, Maktubat (c. 1620)
  • Shah Waliullah al-Dihlawi, Hujjat Allah al-Baligha (c. 1750)
  • Rashid Ahmad Gangohi, Imdad al-Suluk (c. 1890)

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Raşit Akgül. “La Orden Naqshbandi: el camino del recuerdo silencioso.” sufiphilosophy.org, 1 de abril de 2026. https://sufiphilosophy.org/es/caminos/orden-naqshbandi.html